Cuatro horas y media al sol, contadas de verdad
Una vuelta de dieciocho hoyos son entre cuatro y cinco horas. Casi siempre entre las once y las cinco, que es justo la franja que todos los dermatólogos señalan con el dedo. Nadie describe una salida al campo como «media jornada de exposición solar», pero eso es exactamente lo que es, y bastante más que una tarde de playa, donde al menos hay sombrilla y uno se mete en el agua.
El golfista medio juega esas horas una o dos veces por semana, de marzo a octubre. Hacen falta pocas cuentas para ver que la suma es considerable.
Lo que hace distinto al golf
No es solo el tiempo. Hay tres cosas que en golf se comportan de manera particular.
El reflejo. El césped rebota una parte de la radiación hacia arriba, y la arena de los búnkeres bastante más. Eso significa que la barbilla, la parte baja de la nariz y el cuello reciben luz aunque lleves gorra. La gorra protege la frente, no la mandíbula.
El sudor. Cuatro horas caminando en agosto arrastran producto. Un fotoprotector que aguanta perfectamente una mañana de oficina no aguanta lo mismo aquí, y el sudor además lo lleva a los ojos, que es la razón por la que mucha gente termina no poniéndose nada en la frente.
Las manos. En golf las manos no son una zona más: sujetan el grip. Cualquier textura que resbale o deje residuo es un problema técnico, no solo cosmético. Es la queja que más se oye en tienda, y la razón por la que muchos golfistas se saltan el dorso de las manos aunque sea de las zonas más expuestas del cuerpo.
Las zonas que se olvidan
Orejas, nuca, dorso de las manos, labios y, si juegas con zapato de verano, el empeine. Son las cinco que casi nadie cubre y las cinco que un dermatólogo mira primero. Añade la parte del antebrazo que queda entre el final de la manga del polo y el guante: esa franja recibe sol directo durante toda la vuelta.
Reaplicar, traducido al recorrido
«Reaplicar cada dos horas» suena a consejo de folleto hasta que lo traduces a lo que haces realmente. Sales del tee del 1 con el producto puesto. Cuando llegas al 10, antes de girar, han pasado aproximadamente dos horas. Ese es el momento. No hace falta cronómetro: el giro es el recordatorio.
Si hay parada en la casa club, mejor todavía. Y si el día es de los de sudar, el dorso de las manos y la nuca agradecen un repaso extra.
Qué mirar en un fotoprotector para jugar
Cuatro criterios prácticos, por orden de importancia real en el campo:
- Que no resbale. Textura seca, de absorción rápida. Si después de aplicártelo tienes que lavarte las manos para agarrar el palo, ese producto no es para golf.
- Que aguante el sudor. Busca resistencia al agua declarada en el envase.
- SPF 50. En exposición prolongada no hay discusión.
- Que quepa en la bolsa. El formato importa: el que se queda en el coche no protege a nadie. Los de bolsillo, con mosquetón o en monodosis, son los que acaban usándose.
La marca del polo
Y luego está la marca. Esa línea grabada a fuego en el bíceps, el tobillo con el calcetín tatuado, el antebrazo bicolor. En DEPIQUE la llamamos el moreno golfista y le tenemos cariño, porque es la prueba de las horas que uno le echa al campo.
Pero conviene decirlo claro: la marca es la señal de que ha habido mucha exposición, no de que la piel esté bien. Se puede tener las dos cosas, el moreno de quien juega y la piel cuidada. Es exactamente de lo que va esta guía.
Este verano, con ISDIN
Nos hemos aliado con ISDIN para acompañar la campaña. Con cualquier compra en nuestras tiendas de Calvià, Barcelona, Alcobendas y Valencia te llevas una muestra de fotoprotector, hasta agotar existencias.
Y el concurso del Moreno Golfista sigue abierto hasta el viernes 11 de septiembre: sube tu foto a Stories, etiqueta a @depiquegolf y añade #MorenoGolfista. En juego, un cheque de 200€ para gastar en DEPIQUE y cinco packs ISDIN de fotoprotección y merchandising que sorteamos entre todos los participantes.
Nos vemos en el campo. Con crema.